Facilitar a las personas jóvenes el acercamiento a la
Filosofía, proporcionarles un conocimiento elemental de sus principales
aportaciones históricas y de sus procedimientos básicos forma parte de las
condiciones que posibilitan el sostenimiento y la mejora de las
democracias contemporáneas, pues ambos aspectos requieren la formación de
una ciudadanía crítica, participativa y, por tanto, capaz de comprometerse
activamente en la transformación de la sociedad y en la realización de sus
valores esenciales de igualdad, libertad y justicia. La presencia de
materias de contenido filosófico en el Bachillerato deriva de la propia
naturaleza de la disciplina como saber crítico inmerso en el presente
social, político, científico, técnico, cultural, moral…; pensar ese
presente, articular sistemas generales de referencia que permitan
organizar la experiencia, proporcionar parámetros desde los que orientar
la acción individual y colectiva, o procurar horizontes para su
transformación constituyen, probablemente, los objetivos prioritarios de
la Filosofía. No es esta, sin embargo, una ciencia positiva con un campo
específico de aplicación sino, más bien, un “saber de saberes” que ejerce
la referida función crítica partiendo, precisamente, de las aportaciones
de las ciencias y demás saberes. La edad correspondiente al alumnado del
primer curso de Bachillerato lo sitúa a punto de convertirse en ciudadanos
y ciudadanas de pleno derecho, ante una realidad en rápida transformación,
permanentemente remodelada por la acción determinante de la ciencia y de
la técnica, enfrentada a importantes retos sociales, políticos y
medioambientales, axiológicamente plural, culturalmente diversa, pero que,
paralelamente, ha sido capaz de segregar referentes morales considerados
universales. Y este es, justamente, el marco de referencia que atribuye
sentido a las temáticas que vertebran la materia, a los procedimientos en
ella empleados, o a los problemas y cuestiones que pudieran plantearse los
alumnos y las alumnas que, consecuentemente, ya no podrían pensarse como
preguntas radicales y eternas sobre el Ser y la Existencia, como si tales
cuestiones flotaran ajenas a cualquier contingencia del tiempo y de la
historia. Por idénticos motivos, la docencia de la Filosofía no debería
limitarse a un ejercicio puramente doxográfico, consistente en acumular
conocimientos sobre autores y autoras o diferentes teorías filosóficas. En
efecto, aun reconociendo la necesidad y la pertinencia de tales
aprendizajes, su eficacia radica en la potencialidad para ser rescatados
desde y para el presente, en el carácter de instrumentos necesarios para
su comprensión. Del mismo modo, las prácticas docentes tampoco podrán
reducirse exclusivamente al adiestramiento en procedimientos discursivos,
o en habilidades deliberativas propias del debate racional, arrogándose,
en cierto modo, el patrimonio del “enseñar a pensar”. Sin duda, el
desarrollo de esas competencias ocupará necesariamente buena parte de lo
que se haga en el aula, y será una de las más relevantes aportaciones de
la materia; pero se trata de competencias transversales e, indudablemente,
imprescindibles tanto para el análisis filosófico, como para todo análisis
racional en cualquier otro ámbito del saber; en este sentido, la
responsabilidad de enseñar a pensar es compartida por todas las
disciplinas, pero lo que caracteriza a la Filosofía es la orientación de
tales destrezas al ejercicio del análisis crítico que le es propio. En
resumen, la principal finalidad educativa que debe asumir la materia
Filosofía es dotar al alumnado de herramientas conceptuales que le
permitan, en primer lugar, pensar críticamente la realidad que le rodea
(social, política, científico-técnica, ética, cultural…). Además ha de
formarse juicios fundamentados, problematizar lo que pudiera aparecer como
dogma comúnmente aceptado, entender, explicar, comparar,… En consecuencia,
ir progresivamente y de manera autónoma, elaborando su propio eje de
coordenadas desde el que orientar su acción en el plano individual, pero
también en el colectivo, como ciudadano y ciudadana responsable de
participar activamente en la transformación y mejora de las condiciones
del presente.